lunes, 20 de enero de 2014

METAFÍSICA - LIBRO DÉCIMO (Ι)

LIBRO X (Ι)

Capítulo 1
SENTIDOS DE «UNO» Y «UNIDAD». LA UNIDAD COMO MEDIDA

Que «Uno» tiene varios sentidos quedó dicho anteriormente, en nuestras disquisiciones sobre los distintos significados de algunas palabras. Pero, aunque se dice en más sentidos, son cuatro los modos principales de las cosas primeras y que se dicen uno por sí y no accidentalmente. En primer lugar, lo continuo, o bien en general, o bien, principalmente, por naturaleza, y no por contacto ni por atadura (y entre estas cosas es más uno y anterior aquello cuyo movimiento es más indivisible y más simple). En segundo lugar, es tal y en mayor grado lo que constituye un todo y tiene alguna forma y especie, sobre todo si algo es tal por naturaleza y no por fuerza como lo que ha sido encolado o clavado o atado, sino que tiene en sí mismo la causa de ser continuo.
Y es tal por ser uno su movimiento e indivisible en lugar y tiempo; por consiguiente, está claro que, si algo tiene por naturaleza un principio de movimiento, del primero el primero (por ejemplo, de la traslación, la traslación circular), ésta será la primera magnitud que es una. Así, pues, Uno significa unas veces lo que es continuo o un todo; otras, aquello cuyo enunciado es uno, y lo es el de aquello cuya intelección es una, es decir, indivisible, y es indivisible la de lo indivisible en especie o en número; es indivisible en número lo que lo es individualmente, y en especie, lo que lo es en cuanto al conocimiento y en cuanto a la ciencia; de suerte que será primariamente uno lo que es para las substancias causa de la unidad.
Así, pues, Uno tiene todos estos sentidos: lo continuo por naturaleza y lo que es un todo, el singular y el universal; y todo esto es «uno» por ser indivisible unas veces su movimiento, otras su intelección o su enunciado.
Pero hay que tener en cuenta que no es lo mismo preguntar qué clase de cosas se dicen «uno» y qué es el ser de lo uno y cuál su enunciado. «Uno», en efecto, se dice en todos los sentidos indicados, y será «una» toda cosa en la que se dé alguno de tales modos; pero el «ser de lo uno» se dará a veces en alguna de estas cosas, a veces en otra que está también más próxima a la palabra, mientras que a la potencia están más próximas aquéllas, como sucedería también si fuese preciso hablar del elemento y de la causa definiendo a base de las cosas y dando la definición del nombre. Pues en un sentido es elemento el Fuego (y lo es quizá también de suyo lo Indeterminado o alguna otra cosa semejante); pero, en otro sentido, no; pues no es lo mismo el ser del Fuego que el del Elemento, sino que el Fuego es un elemento como una cosa determinada y como naturaleza, pero el nombre de elemento significa que se le añade accidentalmente el hecho de que algo procede de él como constituyente primario. Esto mismo se aplica a la causa y al Uno y a todas las cosas semejantes; por eso el ser del Uno es el ser de lo indivisible, el ser precisamente esto y separado en particular, o en cuanto al lugar o en cuanto a la especie o en cuanto al pensamiento, o también el ser un todo e indivisible, y, sobre todo, el ser la medida primera de cada género y, principalmente, de la cantidad; pues de aquí ha pasado a las demás cosas. Es medida, en efecto, aquello por lo que se conoce la cantidad; y la cantidad en cuanto cantidad se conoce o por el Uno o por un número, y todo número se conoce por el Uno, de suerte que toda cantidad se conoce en cuanto cantidad por el Uno, y aquello por lo que primariamente se conocen las cosas cuantas es el Uno en sí; por eso el Uno es principio del número en cuanto número. Y éste es el motivo de que también en las demás cosas se llame medida aquello por lo que primariamente se conoce cada cosa, y la medida de cada cosa es una, en longitud, en anchura, en profundidad, en gravedad, en rapidez (pues la gravedad y la rapidez son comunes en los contrarios, ya que cada una de ellas es doble; por ejemplo, gravedad es tener cualquier peso y tener exceso de peso, y rapidez, tener algún movimiento y tener exceso de movimiento; pues hay también cierta rapidez de lo lento y cierta gravedad de lo ligero). En todas estas cosas es medida y principio algo uno e indivisible, puesto que también en las líneas usamos como indivisible la de un pie. Siempre, en efecto, buscamos como medida algo que sea uno e indivisible, y es tal lo simple en cuanto a la cualidad o en cuanto a la cantidad. Así, pues, aquello a lo que parece que no se le puede quitar ni añadir es la medida exacta (por eso la del número es la más exacta; pues la unidad es considerada como absolutamente indivisible); y en las demás cosas imitamos esto; pues una adición o sustracción hecha a un estadio o a un talento o a cualquier otra cosa notablemente grande puede pasar inadvertida más fácilmente que si se hace a una cosa menor; de suerte que lo primero a lo que no es posible añadir ni quitar sin que se note es considerado por todos como medida de líquidos, de áridos, de peso y de magnitud. Y creemos conocer la cantidad cuando la conocemos por esta medida. Y medimos el movimiento por el movimiento simple y más rápido (pues es el que necesita menos tiempo); por eso en Astronomía tal unidad es principio y medida (pues se supone que el movimiento del Cielo es uniforme y el más rápido, y por él se juzgan los demás movimientos), y en Música, el semitono, por ser lo más pequeño, y en la vozà, el elemento. Y todas estas cosas son una unidad, no en el sentido en que el Uno es algo común, sino como queda dicho.
Pero no siempre la medida es numéricamente una, sino que a veces son varias; por  ejemplo, los semitonos son dos, no en cuanto al oído, pero sí en los enunciados, y las voces con que medimos son varias, y la diagonal se mide por dos, y el lado y todas las magnitudes. Así, pues, el Uno es medida de todas las cosas, porque conocemos cuáles son los componentes de la substancia dividiéndola según la cantidad o según la especie. Y por eso el Uno es indivisible, porque lo primero de cada clase de cosas es indivisible. Pero no todo es indivisible del mismo modo, por ejemplo el pie y la unidad numérica; ésta, en à En el sentido de «palabra» o «vocablo». En efecto, lo es totalmente, mientras que aquél debe ser incluido entre las cosas indivisibles en cuanto a la sensación, como ya queda dicho; pues, probablemente, todo lo continuo es divisible.
La medida es siempre del mismo género; en efecto, la de magnitudes es una magnitud, y, en particular, la de longitud una longitud, la de latitud una latitud, la de una voz otra voz, la de peso un peso, la de unidades una unidad. Así, en efecto, es preciso admitirlo; pero no que la de números es un número; sin embargo, habría que admitirlo si hubiese equivalencia; pero este juicio no sería equivalente, sino que sería como si se juzgara que la medida de unidades son unidades pero no una unidad; pues el número es una pluralidad de unidades.
Y también consideramos medida de las cosas la ciencia y la sensación, por el mismo motivo, porque por ellas conocemos algo, aunque, más que medir, se miden. Pero nos sucede como si, al medirnos otro, conociéramos de qué tamaño somos porque nos aplica el codo tantas veces. Y Protágoras afirma que el hombre es medida de todas las cosas, como si dijera que lo es el que sabe o el que siente, y éstos porque tienen el uno sensación y el otro ciencia, que decimos que son medidas de sus objetos. Y así, no diciendo nada extraordinario, parecen decir algo.
Es claro, por consiguiente, que, para el que define atendiendo al nombre, la unidad es en sumo grado una medida, principalmente de la cantidad, y en segundo lugar de la cualidad. Y será tal, en el primer caso, si es indivisible cuantitativamente, y en el segundo, si lo es cualitativamente. Justamente por eso, el Uno es indivisible, o absolutamente o en cuanto uno.

Capítulo 2
«UNO» NO ES, EN SÍ, UNA ENTIDAD, SINO UN PREDICADO

Del mismo modo que en las Aporías hemos discutido qué es el Uno y qué se debe admitir acerca de él, debemos investigar cuál es su condición en cuanto a la substancia y a la naturaleza: si debemos considerar que el Uno mismo es una substancia, como afirmaron primero los pitagóricos y más tarde Platón, o más bien subyace cierta naturaleza; y cómo debe ser expresado de un modo más comprensible y más de acuerdo con los que tratan de la Naturaleza. De éstos, en efecto, hay quien dice que el Uno es Amistad, otros que es Aire, y otros, el Infinito. Pero, si ninguno de los universales puede ser substancia, según quedó dicho en nuestra exposición acerca de la Substancia y acerca del Ente, y éste mismo no puede ser substancia como algo singular independiente de los muchos singulares (pues es común), a no ser tan sólo como predicado, es evidente que tampoco el Uno. Pues el Ente y el Uno son los que más universalmente se predican. Por consiguiente, ni los géneros son ciertas naturalezas y substancias separadas de las demás cosas, ni es posible que el Uno sea un género, por las mismas causas por las cuales no pueden serlo el Ente ni la Substancia.
Además, necesariamente será igual en todas las categorías. El Ente y el Uno tienen el mismo número de significados. Por consiguiente, puesto que el Uno es algo y cierta naturaleza en el ámbito de las cualidades, e igualmente también en el de las cantidades, es evidente que también en general se debe investigar qué es el Uno, como también qué es el Ente, en el convencimiento de que no basta decir que esto mismo es su naturaleza.
Pero en los colores el Uno es un color, por ejemplo el blanco; después, los otros parecen derivados de éste y del negro, y el negro es privación del blanco, como de la luz lo es la oscuridad (pues ésta es privación de luz). Por consiguiente, si los entes fuesen colores, los entes serían cierto número, pero ¿de qué? Es evidente que de colores, y el Uno sería cierto uno, por ejemplo el blanco. E igualmente, si los entes fuesen sonidos musicales, serían un número, ciertamente de semitonos; pero su substancia no sería un número; y el Uno sería algo cuya substancia no sería el Uno, sino un semitono. E igualmente también, en el caso de los sonidos articulados, los entes serían un número de elementos, y el Uno, un elemento vocal, y, si fuesen figuras rectilíneas, serían un número de figuras, y el Uno sería el triángulo. Y lo mismo puede decirse también de los demás géneros; de suerte que, si en las afecciones, en las cualidades, en las cantidades y en el movimiento hay números y un uno determinado, en todos ellos el número será de ciertas cosas y el Uno será cierto uno, pero no será esto mismo la substancia, y en las substancias necesariamente será lo mismo; pues es igual en todas las cosas. Así, pues, es evidente que el Uno es cierta naturaleza en todos los géneros, y que el Uno en sí no es la naturaleza de ninguno, sino que, así como en los colores el Uno en sí debe ser buscado como un color, así también en la substancia el Uno en sí debe ser buscado como una substancia. Que el Uno significa en cierto modo lo mismo que el Ente es obvio, porque acompaña igualmente a todas las categorías y no está en ninguna (por ejemplo, ni en la quididad, ni en la cualidad, sino que se halla en las mismas condiciones que el Ente) y porque «un hombre» no añade nada a la predicación de «hombre» (como tampoco «ente» a la de «quididad» o a la de «cualidad» o a la de «cantidad»), y porque «ser uno» es lo mismo que «ser individuo».

Capítulo 3
LAS NOCIONES DE LO MISMO Y LO DIVERSO, LO SEMEJANTE Y LO DESEMEJANTE, Y LO INDIFERENTE

Pero «Uno» y «Múltiple» se oponen de varios modos, uno de los cuales enfrenta al Uno y a la pluralidad como indivisible y divisible. En efecto, lo dividido o divisible se llama una «pluralidad», y lo indivisible o indiviso, «uno».
Puesto que hay cuatro clases de oposición, y uno de cada dos términos implica privación, se tratará de una oposición de contrarios y no a manera de contradicción ni de relación. El Uno se dice y se explica desde su contrario, y lo indivisible, desde lo divisible, por ser más perceptible sensorialmente la pluralidad y lo divisible que lo indivisible, de suerte que la pluralidad tiene prioridad conceptual sobre lo indivisible, a causa de la percepción sensible.
Son propias del Uno, como ya expliqué en la división de los contrarios, la identidad, la semejanza y la igualdad, y de la pluralidad, la alteridad, la desemejanza y la desigualdad.
Teniendo la identidad varios sentidos, en uno de ellos decimos a veces que algo es numéricamente idéntico, y otro se aplica cuando algo es uno por su enunciado y numéricamente; por ejemplo, tú con relación a ti mismo eres uno por la especie y por la materia. Y también si el enunciado de la substancia primera es uno; por ejemplo, las líneas rectas iguales son idénticas, y los cuadriláteros iguales y equiángulos, aunque sean varios. Pero en estas cosas la igualdad es unidad.
Son semejantes las cosas que, no siendo absolutamente idénticas ni sin diferencia en cuanto a su substancia concreta, son idénticas en cuanto a la especie; así el cuadrilátero mayor es semejante al pequeño, y lo son entre sí las rectas desiguales.
Éstas, en efecto, son semejantes, pero no absolutamente idénticas. Son también semejantes las cosas que, teniendo la misma especie y produciéndose en ellas el más y el menos, no son ni más ni menos. Y otras, si su afección es idéntica y específica mente una, como la blancura, mayor o menor, dicen que son semejantes porque su especie es una. Otras, si tienen más atributos idénticos que diversos, o absolutamente o en lo que se refiere a los más perceptibles; por ejemplo, el estaño es semejante a la plata en lo blanco, y el oro al fuego en lo amarillo o rojizo.
Por tanto, es evidente que también «otro» y «desemejante» se dice en varios sentidos.
En primer lugar, «otro» tiene sentido opuesto a «idéntico»; por eso todo es con relación a todo o idéntico u otro. En segundo lugar, «otro» se aplica también a aquello cuya materia y cuyo enunciado no es uno; por eso tú eres «otro» que tu prójimo; y, en tercer lugar, como en las Cosas matemáticas. Así, pues, «otro» o «idéntico» se aplica, por lo dicho, a todo frente a todo, siempre que se trate de algo que sea uno y ente; pues «otro» no es la contradicción de «idéntico»; por eso no se aplica a los no entes (se les aplica, en cambio, «no idéntico»), pero sí a todos los entes. Pues todo lo que es ente y uno es por naturaleza uno o no uno. Así, pues, «otro» e «idéntico» se oponen del modo dicho. Pero una cosa es la diferencia y otra la alteridad. En efecto, lo «otro» y aquello con relación a lo cual es «otro» no son necesariamente «otros» por algo; pues todo lo que es ente, o es «otro» o «idéntico». Pero lo «diferente» de algo es diferente por algo, de suerte que necesariamente habrá algo «idéntico» por lo que difieren. Y esto «idéntico» será género o especie; pues todo lo que es diferente difiere o por el género o por la especie; por el género, las cosas que no tienen materia común ni generación en sentido recíproco, por ejemplo las que tienen distinta figura de predicación; por la especie, las que tienen el mismo género (se llama género aquello en que se dice que dos cosas diferentes son idénticas en cuanto a la substancia). Los contrarios son diferentes, y la contrariedad es una diferencia.
Que hacemos bien al suponer esto, se demuestra por inducción; pues todas las cosas que difieren parecen también idénticas; no sólo son «otras», sino que unas son «otras» en cuanto al género, y otras están en la misma serie de la predicación, de suerte que pertenecen al mismo género y son idénticas por el género. Pero en otro sitio quedó determinado cuáles son las cosas idénticas u otras por el género.

Capítulo 4
LA OPOSICIÓN DE CONTRARIEDAD

Y, puesto que es posible que las cosas diferentes difieran entre sí más o menos, hay también una diferencia máxima, a la cual llamo contrariedad. Que es la diferencia máxima, se demuestra por inducción. En efecto, las cosas que difieren en género no pueden convertirse recíprocamente unas en otras, sino que distan demasiado y son incombinables. Pero las cosas que difieren específicamente se generan desde los contrarios como puntos extremos, y la distancia entre los puntos extremos es máxima; por consiguiente, también la de los contrarios. Ahora bien, lo máximo en cada género es perfecto. Máximo, en efecto, es aquello que no puede ser superado, y perfecto, aquello más allá de lo cual no es posible concebir nada. En efecto, la diferencia perfecta señala un fin (del mismo modo que también las demás cosas se dicen perfectas por señalar un fin), y más allá del fin no hay nada, pues el fin es lo último en todo y contiene lo demás; por eso no hay nada más allá del fin, y lo perfecto no necesita de nada. Así, pues, por lo dicho se ve que la contrariedad es una diferencia perfecta, y, siendo varios los sentidos en que se habla de los contrarios, les acompañará la perfección en la misma medida en que tengan la contrariedad. Si esto es así, está claro que no puede una cosa tener varios contrarios (pues no puede haber algo más extremo que el extremo, ni, de una distancia, más de dos extremos), y, en suma, si la contrariedad es una diferencia, y la diferencia es entre dos, de suerte que también la perfecta.
Pero también las demás determinaciones de los contrarios serán necesariamente verdaderas. En efecto, la diferencia perfecta es la que más difiere (pues no es posible hallar nada más allá de las cosas que difieren en cuanto al género ni de las que difieren en cuanto a la especie; pues ya ha quedado demostrado que no hay diferencia con relación a las cosas que están fuera del género, y que, entre las que están dentro de él, esta diferencia es la más grande), y las que en el mismo género difieren en grado máximo son contrarias (pues la diferencia máxima entre estas cosas es la perfecta), y las que en el mismo receptáculo difieren en grado máximo son contrarias (pues los contrarios tienen la misma materia), y también las sometidas a la misma potencia que difieren en grado máximo (pues también la ciencia que trata de un solo género es una); en estas cosas, la diferencia perfecta es la más grande.
La contrariedad primera es la posesión y la privación; pero no toda privación (pues la privación tiene varios sentidos), sino la perfecta. Y los demás contrarios se llamarán así por referencia a éstos, unos por tener, otros por producir o poder producir, otros por recibir y otros por rechazar estos u otros contrarios. Por consiguiente, si se oponen contradicción, y privación, y contrariedad, y relación, y si la primera entre éstas es la contradicción, y si la contradicción no admite nada intermedio, pero los contrarios sí lo admiten, es evidente que no es lo mismo la contradicción que los contrarios. Y la privación es una clase de contradicción; en efecto, lo que es totalmente incapaz de tener algo, o lo que, siendo por naturaleza apto para tenerlo, no lo tiene, sufre privación totalmente o de algún modo determinado (pues este término tiene ciertamente varios sentidos, como hemos dejado expuesto en otro lugar), de suerte que la privación es una clase de contradicción, o bien una impotencia determinada, o comprendida en el sujeto receptivo. Por eso la contradicción no admite nada intermedio, pero alguna clase de privación sí lo admite. Todo, en efecto, es igual o no igual; pero no todo es igual o desigual, sino que, si se da la desigualdad, sólo se dará en lo que es capaz de igualdad.
Por consiguiente, si las generaciones, para la materia, proceden de los contrarios, y se producen, o bien desde la especie y la posesión de la especie, o desde alguna privación de la especie y de la forma, es evidente que toda contrariedad es privación; pero quizá no toda privación es contrariedad (y la causa es que lo que sufre privación puede sufrirla de varios modos); pues los extremos desde los cuales proceden los cambios son los contrarios. Y esto se ve también por la inducción. Pues toda contrariedad tiene privación de uno de los dos contrarios, pero no siempre del mismo modo; la desigualdad, en efecto, tiene privación de igualdad; la desemejanza, de semejanza, y la maldad, de virtud. Y la diferencia está en lo que hemos dicho; pues unas cosas tienen privación simplemente por estar privadas de algo; otras, si lo están en algún tiempo o en alguna parte, por ejemplo en cierta edad o en lo principal, o totalmente. Por eso en algunos casos hay algo intermedio, y una persona puede no ser buena ni mala; pero en otros casos no lo hay, y así un número tiene que ser impar o par. Además, unos contrarios tienen el sujeto determinado, y otros no. Por consiguiente, está claro que siempre uno de los dos contrarios se dice por privación. Y basta que sean así los primeros y los géneros de los contrarios, por ejemplo el Uno y la Pluralidad, pues los demás se reducen a éstos.

Capítulo 5
CÓMO SE OPONE IGUAL A MAYOR Y MENOR

Mas, puesto que un contrario sólo se opone a otro, puede uno preguntarse cómo se opone «uno» a «muchos», e «igual» a «grande» y a «pequeño». Pues si la interrogación disyuntiva la usamos siempre en contraposición, por ejemplo cuando preguntamos: «¿es blanco o negro?» y «¿es blanco o no blanco?» (pero no decimos: «¿es hombre o blanco?», a no ser preguntando a partir de una suposición, por ejemplo: «¿cuál de los dos vino, Cleón o Sóc rates?». Pero esto no es necesario en ningún género; y también esto procede de lo mismo; pues sólo los contrarios es imposible que coexistan, y en esto se basa la pregunta «¿cuál de los dos vino?» Pues, si pudieran coexistir, sería ridícula la pregunta. Pero, aunque pudieran, también caerían en oposición, en la de «uno» o «muchos»; por ejemplo, «¿vinieron ambos o uno de los dos?»). Por consiguiente, si en los opuestos siempre se busca cuál de los dos, y se pregunta si algo es mayor o menor o igual, ¿cuál es la oposición de «igual» a los otros dos términos?, pues ni es contrario a uno solo de ellos ni a ambos. ¿Por qué, en efecto, había de ser más contrario a «mayor» que a «menor»? Además, «igual» es contrario a «desigual», de suerte que tendría más de un contrario. Y si «desigual» significa lo mismo que ambos, será opuesto a ambos (y esta dificultad apoya a los que afirman que la desigualdad es una díada); pero entonces ocurre que una sola cosa será contraria a dos, lo cual es imposible.
Además, lo igual parece intermedio entre lo grande y lo pequeño; pero no parece, ni es posible según la definición, que ninguna contrariedad sea intermedia; pues no sería perfecta si fuese intermedia de algo, sino que más bien tiene siempre algo intermedio de sí misma. Por consiguiente, sólo queda la posibilidad de entender esta oposición como negación o como privación. Pero no como negación o privación de uno de los dos opuestos (¿por qué, en efecto, había de serlo más de lo grande que de lo pequeño?); será, por tanto, negación privativa de ambos; por eso también la interrogación disyuntiva se refiere a los dos términos, y no a uno de los dos (por ejemplo, «¿es mayor o igual?», o «¿es igual o menor?»), sino que hay siempre tres términos. Pero no hay necesariamente una privación; pues no todo lo que no es mayor o menor es igual, sino aquellas cosas en que se dan por naturaleza estos atributos. Así, pues, «igual» es lo que no es grande ni pequeño, pero es apto por naturaleza para ser grande o pequeño; y se opone a ambos como negación privativa, por lo cual también es intermedio. Y lo que no es ni bueno ni malo se opone a ambos, pero no tiene nombre, pues uno y otro se dicen en varios sentidos y no es uno solo el sujeto receptivo, sino más bien lo que no es blanco ni negro. Y tampoco hay una designación única para esto, sino que son limitados de algún modo los colores de los que se dice privativamente esta negación; pues necesariamente será castaño o amarillo o algún otro. Por consiguiente, no está justificada la objeción de los que opinan que todo se dice aproximadamente lo mismo, de suerte que será intermedio entre calzado y mano lo que no es ni calzado ni mano, si lo que no es bueno ni malo es intermedio entre lo bueno y lo malo, como si siempre tuviera que haber entre dos términos algo intermedio. Pero esto no se sigue necesariamente; pues una es negación conjunta de opuestos entre los cuales hay algo intermedio y cierta distancia natural, mientras que los otros términos no tienen diferencia, ya que están en género distinto aquellos a los que se refiere la negación conjunta, de suerte que el sujeto no es uno mismo.

Capítulo 6
DE QUÉ MODO SE OPONEN UNO Y MUCHOS

El mismo problema podría plantearse acerca de «uno» y «muchos». Pues, si «muchos» se opone absolutamente a «uno», resultan algunas conclusiones absurdas. «Uno», en efecto, será «poco» o «pocos», puesto que «muchos» se opone también a «pocos».
Además, «dos» serán «muchos», puesto que «el doble» es múltiplo y se dice según «dos». Por consiguiente, «uno» es «poco»; pues ¿en orden a qué se podrá decir que «dos» son «muchos» si no es en orden a «uno» y a «poco»? No hay nada, en efecto, que sea menos.
Además, si «mucho» y «poco» son en cuanto a la pluralidad como «largo» y «corto» en cuanto a la longitud, y si lo que es «mucho» es también «muchos», y «muchos» son también «mucho» (a no ser que algo difiera en un continuo bien delimitable), «poco» será cierta pluralidad. Por consiguiente, «uno» será cierta pluralidad, puesto que es también «poco». Y tiene que ser así, si «dos» son «muchos».
Pero sin duda «muchos» se dice también en algún sentido «mucho», aunque de modo diferente; por ejemplo, del agua se dice que es «mucha», pero no «muchas». Pero «mucho» se dice de las cosas que son divisibles; en primer lugar, cuando se trata de una pluralidad que tiene superioridad absoluta o relativa (y «poco», igualmente, cuando se trata de una pluralidad que tiene inferioridad); de otro modo, como un número, y así sólo se opone a «uno». Pues, en este sentido, decimos «uno» o «muchos» como si dijéramos «uno» y «unos» o «blanco» y «blancos», y las cosas medidas frente a la medida, [y lo mensurable]. Así también se dicen los múltiplos; pues cada número es «muchos» porque consta de «unos» y porque todo número es medible por «uno», y como lo opuesto a «uno»; no a «poco». En este sentido, por consiguiente, también dos son «muchos», pero no lo son como pluralidad que tiene superioridad relativa o absoluta, sino como la pluralidad primera. En sentido absoluto, «dos» son «pocos»; pues son la primera pluralidad que tiene inferioridad. (Por eso no concluyó rectamente Anaxágoras cuando dijo que todas las cosas estaban juntamente, infinitas en multitud y en pequeñez, pues, en vez de «y en pequeñez», debía haber dicho «y en poquedad»; pues no son infinitas), puesto que «poco» no se constituye por «uno», como algunos afirman, sino por «dos». Así, pues, en los números, «uno» y «muchos» se oponen como la medida y lo medible, los cuales, a su vez, se oponen como las relaciones que no son relaciones por sí. Hemos explicado en otro lugar que las cosas se dicen relativas en dos sentidos; unas, como los contrarios, y otras, como la ciencia en orden a lo escible, porque alguna otra cosa se dice relativa a ellas. Y que «uno» sea menos que algo, por ejemplo que «dos», nada lo impide. Pues no por ser menos tiene que ser también poco. Y la pluralidad es como el género del número; pues el número es una pluralidad medible por «uno». Y «uno» y «número» se oponen en cierto modo, no como contrarios, sino, según dijimos, como algunas de las cosas relativas; pues se oponen como la medida y lo mensurable. Por eso, no todo lo que sea «uno» es un número; por ejemplo, si algo es indivisible. Pero, aunque se dice que la ciencia está en parecida relación con lo escible, la realidad es otra; puede parecer, en efecto, que la ciencia es la que mide, y lo escible, lo medido; pero sucede que toda ciencia es escible, mientras que no todo lo escible es ciencia, porque en cierto modo la ciencia se mide por lo escible. Y «pluralidad» ni es lo contrario de «poco» —sino que lo contrario de poco es «mucho», como una pluralidad superior es contraria a otra inferior— ni tampoco de «uno» absolutamente, sino, como hemos dicho, en parte porque es divisible, mientras que «uno» es indivisible, y en parte como algo relativo, del mismo modo que la ciencia es relativa a lo escible, si la pluralidad es un número, y «uno», su medida.

Capítulo 7
LOS TÉRMINOS INTERMEDIOS Y LOS CONTRARIOS

Puesto que los contrarios admiten algo intermedio, y algunos lo tienen, las cosas intermedias necesariamente procederán de los contrarios. En efecto, todas las cosas intermedias pertenecen al mismo género que aquellas de las que son intermedias.
Llamamos «intermedio» a aquello hacia lo cual tiene que cambiar previamente lo que cambia (por ejemplo, si se pasa gradualmente de la cuerda más grave a la más aguda, se llegará primero a los sonidos intermedios, y, en los colores, si se pasa del blanco al negro, primero se llegará al púrpura y al castaño que al negro. Y lo mismo sucede en las demás cosas). Pero no se puede cambiar de un género a otro, a no ser accidentalmente, por ejemplo de un color a una figura. Así, pues, las cosas intermedias tienen que pertenecer al mismo género ellas mismas y aquellas de las que son intermedias. Pero todas las cosas intermedias están entre opuestos de alguna clase; pues sólo a partir de éstos en cuanto tales es posible cambiar (por eso es imposible que haya cosas  intermedias de otras que no sean opuestas; pues, en tal caso, habría cambio también a partir de cosas no opuestas).
De entre los opuestos, los contradictorios no admiten intermedios (pues la contradicción es una oposición de cuyos dos términos uno está presente en cualquier sujeto, y en la cual no hay ningún intermedio); de los restantes, unos son relaciones, otros privación y otros contrarios. Los términos relativos no contrarios no tienen intermedios; la causa es que no están en el mismo género. ¿Cuál, en efecto, sería el intermedio entre la ciencia y lo escible? En cambio, sí hay intermedio entre lo grande y lo pequeño. Y si, como se ha demostrado, los intermedios pertenecen al mismo género y son intermedios de contrarios, necesariamente estarán compuestos de estos contrarios. Pues o bien tendrán algún género, o ninguno. Y, si tienen un género de tal manera que sea algo anterior a los contrarios, las diferencias que harán las especies contrarias como pertenecientes al género serán contrarios anteriores; pues las especies constan del género y de las diferencias. Por ejemplo, si el blanco y el negro son contrarios y el uno es color disgregativo, y el otro, color congregativo, estas diferencias, lo disgregativo y lo congregativo, serán anteriores; de suerte que éstos serán contrarios anteriores el uno al otro. Pero las cosas que se diferencian contrariamente son contrarias en mayor grado. Las demás y los intermedios constarán del género y de las diferencias (por ejemplo, todos los colores intermedios entre el blanco y el negro tienen que decirse compuestos del género —que es aquí el color— y de ciertas diferencias; pero éstas no serán los primeros contrarios; pues, si no, todo color sería blanco o negro. Serán, por consiguiente, otras; y éstas ocuparán, por tanto, un lugar intermedio entre los primeros contrarios, y las primeras diferencias serán lo disgregativo y lo congregativo).
Por consiguiente, lo primero que debemos averiguar es de qué constan los intermedios de los contrarios que no pertenecen al mismo género (pues los que están en el mismo género necesariamente constarán de elementos en cuya composición no entra el género, o serán incompuestos). Los contrarios, en efecto, no se componen el uno del otro, y son, por consiguiente, principios; pero los intermedios, o todos o ninguno.
Ahora bien, de los contrarios se genera algo, de suerte que habrá cambio hasta esto antes que hasta ellos; pues será menos que el uno y más que el otro. Por consiguiente, también esto será intermedio entre los contrarios. Así, pues, todos los demás intermedios serán también compuestos; pues lo que es más que uno y menos que otro, en cierto modo es compuesto de aquellos contrarios con relación a los cuales se dice que es más que uno y menos que otro. Y, puesto que no hay nada que, siendo del mismo género que los contrarios, sea anterior a ellos, todos los intermedios tendrán su origen en los contrarios, de suerte que todos los inferiores, tanto contrarios como intermedios, procederán de los primeros contrarios. Es, pues, evidente que los intermedios pertenece en todos al mismo género de sus contrarios y están en medio de ellos, y que todos constan de sus contrarios.

Capítulo 8
LA DIVERSIDAD EN CUANTO A LA ESPECIE

Lo específicamente otro es otro frente a algo y en cuanto a algo, y esto tiene que darse en ambos; por ejemplo, si es un animal específicamente otro, ambos son animales. Por tanto, las cosas específicamente otras estarán necesariamente en el mismo género; llamo género, en efecto, a aquello en relación con lo cual ambos se dicen una misma cosa, que tiene diferencia no accidentalmente, ya sea como materia ya de otro modo.
Pues no sólo es preciso que se dé lo común, por ejemplo que ambos sean animales, sino que, además, esta misma animalidad debe ser otra para cada uno de los dos, de modo que uno sea, por ejemplo, caballo, y el otro, hombre, por lo cual este elemento común es recíprocamente otro en cuanto a la especie. Así, pues, serán de suyo, el primero, tal animal determinado, y el segundo, tal otro; por ejemplo, el uno caballo, y el otro hombre. Por tanto, esta diferencia será necesariamente alteridad del género.
Pues llamo diferencia del género a la alteridad que hace otro al género mismo. Ésta será, por tanto, una contrariedad (y es evidente también por la inducción); pues todas las cosas se dividen por los opuestos, y que los contrarios pertenecen al mismo género quedó ya demostrado. La contrariedad es, en efecto, según hemos dicho, una diferencia perfecta, y la diferencia específica es siempre de algo y en cuanto a algo, y esto es, por consiguiente, lo mismo en ambos y constituye su género (por eso también están en la misma serie de predicación todos los contrarios que son diferentes en cuanto a la especie y no en cuanto al género, y son los más diversos entre sí —pues su diferencia es perfecta— y se excluyen recíprocamente). La diferencia es, por tanto, una contrariedad. Así, pues, la alteridad específica consiste en que entes del mismo género e indivisibles tengan contrariedad (y son específicamente idénticos los entes indivisibles que no tienen contrariedad); porque, en la división, incluso en los intermedios se producen contrariedades antes de llegar a los individuos.
Por consiguiente, está claro que, de las especies consideradas como pertenecientes a lo que llamamos género, ninguna es específicamente idéntica ni otra con relación a él. (Y es natural; pues la materia se muestra por negación, y el género es la materia de aquello de lo que se dice género —no en el sentido del género o estirpe de los Heraclidas, sino en el sentido del que se da en la Naturaleza—.) Y tampoco con relación a lo que no está en el mismo género, sino que de esto diferirá en cuanto al género, y en cuanto a la especie, de lo que está en el mismo género. Pues necesariamente será contrariedad la diferencia de los entes que difieren específicamente; y ésta se da sólo en los del mismo género.

Capítulo 9
LA DIFERENCIACIÓN SEXUAL DE LOS ANIMALES

Pudiera alguien preguntar por qué la mujer no difiere del varón específicamente, siendo lo femenino y lo masculino contrarios, y su diferencia, una contrariedad, y por qué tampoco el animal hembra y el macho tienen alteridad específica, aunque esta diferencia es propia del animal en cuanto tal, y no como la blancura o la negrura, sino que, en cuanto animal, es también hembra o macho. Esta cuestión es casi la misma que la que pregunta por qué una contrariedad produce entes con alteridad específica y otra no; por ejemplo, el tener pies o alas sí, pero la blancura o la negrura no. ¿No será porque unas son afecciones propias del género, y las otras, menos? Y, puesto que lo uno es concepto, y lo otro, materia, las contrariedades que están en el concepto producen diferencia específica, pero las que están en el compuesto con la materia no la producen.
Por eso, del hombre, no la produce la blancura ni la negrura, y no hay diferencia específica entre un hombre blanco y un hombre negro, ni aunque se les imponga un nombre a cada uno. Pues el hombre se considera aquí como materia, y la materia no produce diferencia; los hombres, en efecto, no son especies del hombre, aunque son diversas las carnes y los huesos de que están formados éste y el de más allá. El conjunto es ciertamente otro, pero no específicamente otro, porque no hay contrariedad en el concepto. Y esto es lo último indivisible; pero Calias es el concepto junto con la materia; y, por consiguiente, el blanco es hombre porque Calias es blanco; por tanto, el hombre es blanco accidentalmente. Así, pues, tampoco son específicamente diversos un círculo de bronce y otro de madera; y, si un triángulo de bronce y un círculo de madera difieren específicamente no es a causa de la materia, sino porque hay contrariedad en su concepto. Pero la materia, cuando es en cierto modo otra, ¿no es causa de alteridad específica, o lo es algunas veces? ¿Por qué, en efecto, este caballo concreto es específicamente diverso de este hombre concreto? Sin embargo, sus conceptos están juntos con la materia. ¿No será porque hay contrariedad en el concepto? También la hay, en efecto, entre hombre blanco y caballo negro, y es una contrariedad específica, pero no en cuanto que uno es blanco y el otro negro, puesto que, aunque ambos fuesen blancos, también serían específicamente diversos. Pero el ser macho o hembra son ciertamente afecciones propias del animal, pero no en cuanto a su substancia, sino en la materia y en el cuerpo; por eso el mismo esperma se hace hembra o macho después de sufrir cierta afección.
Así, pues, queda explicado qué es la alteridad específica, y por qué unas cosas difieren específicamente y otras no.

Capítulo 10
CORRUPTIBLE E INCORRUPTIBLE

Puesto que los contrarios tienen alteridad específica, y lo corruptible y lo incorruptible son contrarios (pues la privación es una impotencia determinada), necesariamente serán diferentes en cuanto al género lo corruptible y lo incorruptible. Pero hasta ahora hemos hablado de los nombres universales mismos, de suerte que puede parecer que no hay necesariamente alteridad específica entre cualquier ente corruptible y otro incorruptible, como no la hay entre cualquier ente blanco y otro negro (pues cabe que lo sea el mismo, y simultáneamente, si es uno de los universales, como el hombre puede ser blanco o negro, y también uno de los particulares; pues el mismo individuo, aunque no simultáneamente, puede ser blanco y negro, y, sin embargo, blanco es lo contrario de negro). Pero, de los contrarios, unos se dan en algunos entes accidentalmente, como los que acabamos de decir y otros muchos; otros, en cambio, no pueden darse así, entre ellos lo corruptible y lo incorruptible, pues nada es corruptible accidentalmente; lo accidental, en efecto, puede no estar presente, mientras que la corruptibilidad es uno de los atributos que, en las cosas en que se dan, se dan necesariamente; de lo contrario, una misma cosa sería corruptible e incorruptible, si puede no darse en ella la corruptibilidad. Por consiguiente, la corruptibilidad será necesariamente la substancia de cada una de las cosas corruptibles o estará necesariamente en su substancia. Y lo mismo puede decirse también acerca de la incorruptibilidad; pues ambas son atributos necesarios. Así, pues, en cuanto que una cosa es corruptible y otra incorruptible, y en aquello según lo cual cada una lo es primariamente, tienen oposición; de suerte que necesariamente serán diversas en género.

Es claro, por consiguiente, que no puede haber Especies tales como dicen algunos; pues habría también un hombre corruptible y otro incorruptible. Sin embargo, se dice que las Especies son específicamente idénticas a los individuos, y no sólo homónimas; pero las cosas que tienen alteridad genérica distan entre sí más que las que tienen alteridad específica.

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